Por fin una buena noticia para cortar con este invierno y su estado de ánimo.

Una foto mía fue publicada en Schmap Sydney Guide. Son guías de viaje digitales orientadas a turistas que incluyen mapas dinámicos, fotos de distintas cuidades, críticas locales sobre restaurantes, hoteles, museos, etc.

La foto está sacada en The Rocks, el barrio antiguo de Sydney y muestra el pub “Australian Hotel”.

The Australian Hotel

Australian Hotel

El link para ver la foto publicada en la guía es

http://www.schmap.com/sydney/introduction_nightlife/#p=31753&i=31753_5.jpg

La foto está arriba a la derecha, y si hacen click la pueden ver en distintos tamaños en Flickr.

Estoy disfrutando de -como dice el saber popular- mis 5 minutos de fama.

Tambores

July 21, 2008

Es lunes a la noche en Sydney y hace frío.
Estuve 8 hs sentada frente a la computadora del laburo, y llego a mi clase de Animación 3D para sentarme otras 3 horas mas frente a otra computadora. Estoy a las puteadas cuestionando la calidad de vida que llevamos los diseñadores gráficos.

Por suerte la clase de esta noche no está tan mal. Estamos animando un logo en Maya, y mi logo tiene un tambor. Fin de año es mi meta para tener mi portfolio online completo. Mientras tanto Candombe Design es todavía un sueño.

Después de complicadísimas operaciones matemáticas que me niego a entender, mi logo cobra vida en 3D y ejerce un movimiento de traslación, mientras a su vez el tambor que es parte de la “O” tiene su propio movimiento de rotación. Me quedo un rato mirando la pantalla y se me pasan los minutos…

Escucho tambores. Miro las computadoras de mis compañeros. De dónde viene esa música?
Cada uno está laburando en lo suyo y desde luego ellos no son. Me levanto, salgo al pasillo, espío en las salas de al lado. Sigo escuchando tambores!
Quiero preguntarles a mis colegas, pero antes me pregunto si no estaré teniendo una alucinación auditiva.

Miro unos parlantes que están en la pared y creo que la música viene de ahí! Le pregunto a Shane, a Kaz y media clase está caminando buscando los tambores. De repente alguien mira por la ventana. Están ahí abajo!

Me cuelgo de la ventana del 3er piso a mirar. Tambores en Sydney en Wenworth Avenue! Tambores! El frío invernal se va evaporando y mi cuerpo se llena de felicidad.

Es como haber estado en una calle empedrada de cualquier barrio del Río de La Plata en una tarde de verano.
Me acuerdo de San Telmo y de Montevideo y entiendo que las casualidades no existen.

Merecido tributo a Babatunde Olatunji -percusionista nigeriano

El sábado 29 de marzo en Sydney y en otras tantas ciudades del mundo, se llevó a cabo Earth Hour.
Earth Hour o La hora del Planeta Tierra es un campaña que se inició en Sydney en el 2007 y consiste en difundir los peligros del calentamiento global, para que el mundo tome conciencia y genere cambios al respecto.

Ese día la consigna fue apagar las luces y todo elemento de consumo eléctrico por 1 hora, desde las 8 hasta las 9 de la noche. Con este gesto, además de ahorrar energía, la gente se compromete a generar pequeños cambios en su vida cotidiana, que ayuden a prevenir el calentamiento global.

Entonces pensé: que mejor noche para ir al observatorio, cuando la mayoría de las luces urbanas están apagadas, y poder ver el cielo como debe ser.

Quedamos con unos amigos en encontrarnos en la puerta. Llegué antes, como siempre. El observatorio de Sydney está arriba de una loma y tiene un parque con vistas alucinantes de la ciudad.

Lo que más me emocionaba de la idea era recordar mis viejas épocas de estudiante de Astronomía en la Facultad de La Plata. Cuántos años han pasado!

De chica nunca supe qué quería ser. Terminé el colegio con 4 opciones, exactas y humanísticas, y… dónde voy? Hasta que leí un libro de Carl Sagan llamado “Contacto” que me conmovió y me hizo pensar: quiero ser astrónoma.

Por supuesto mi paso por la carrera fue efímero. A los 6 meses ya había decidido que no era para mi. Cursábamos todos los días mañana y tarde, y de vez en cuando alguna noche teníamos observaciones en telescopio.

Recuerdo la clase de Álgebra los lunes a las 8 de la mañana, aprendiendo lógica cartesiana. También me acuerdo del profesor de análisis matemático diciendo: “las funciones son como una vivorita…”.

Al principio de todo tuve la ilusión de que la Matemática tenia una mística propia, y había llegado a mi vida para poner un poco de orden. Pero ay! que loca está la gente en la facu de Exactas.

Poco a poco empecé a darme cuenta de que la Matemática me estaba anulando la capacidad de sentir. Hablábamos de constantes, funciones, raíces cúbicas todos los días, cocinando, viajando en el bus. Nada era como antes. Una puesta de sol era una suma de partículas atómicas, las cosas perdían su magia para transformarse en científicas.

En ese entonces otro libro iluminador llegó a mis manos: “Uno y el universo” de Ernesto Sábato. Lo devoré y me sentí identificada con cada frase del libro. Lloré, pataleé y me cuestioné: que estoy haciendo acá? Este mundo no me pertenece.

Creí que la Astronomía era romántica, pero no. Abandoné a tiempo, y tomé otros rumbos.

Diecisiete años después (ay… tantos?) quise recuperar esa sensación de mirar un cielo abierto en una noche sin luces.

Pero como siempre, Ley de Murphy presente, todo lo que quieras que ocurra, no ocurrirá. El día había empezado espléndido, y 15 minutos antes de que abrieran las puertas del observatorio, se larga un chaparrón con todo.

La gente hacía cola y se preguntaba: nos vamos o nos quedamos. Yo quería mantener el espíritu alto y pensaba: son 4 gotas, ya va a parar. Pero cada vez llovía más fuerte, y mis amigos que no venían!

En eso un viejo que estaba solo, se me acerca a hablar. Necesitaba consenso para irse o quedarse. Me dice que cree que se vuelve, porque pagar la entrada para ver esas películas estúpidas que pasan, no le interesa. Intento transmitirle mi fe de que ya va a parar, que hoy es la noche para ver el cielo, y que como no vine nunca al observatorio, me voy a quedar hasta que pare, porque además estoy esperando a unos amigos.

El hombre se pone a contarme de los telescopios del observatorio, el diámetro, si es refractor, los objetos celestes que vio… Hago como que me interesa la conversación, pero me suena el teléfono y me pongo a hablar con Daniela que me dice que está en camino, y viste como llueve, no lo puedo creer.

El tipo se da cuenta que estoy hablando en Castellano, y me pregunta: sos española? No –le digo- soy argentina. Ahhh… -me dice- allá tienen casi las mismas estrellas que nosotros. A qué latitud está Buenos Aires?

Me dio vergüenza que habiendo sido estudiante de Astronomía, no sabía la latitud de Buenos Aires. Y lo peor era que tampoco me interesaba, así que le dije: no tengo ni ideaaaaaaaaaaa. A lo lejos vi que venían caminando bajo el paraguas Yanina y Steve, por fin! Alguien que me salve de este sujeto!

Mientras tanto el hombre, que no se bancaba no saber la latitud de Buenos Aires, sacó el móvil ultimo modelo y dijo: voy a buscarlo en Google.

Por suerte mis amigos llegaron a tiempo para rescatarme del plomaso, y entramos al observatorio. Mientras llovió vimos una peli 3D sobre un posible viaje de vacaciones a Marte.

Y después paró. Había varios telescopios en el parque, y aunque estuvo nublado, igual pudimos ver: la constelación de Orión, la estrella Alfa del centauro, y Marte, con las luces de la ciudad apagadas.

Sydney view during Earth Hour

Y para terminar la noche, nos fuimos a un pub alemán a tomarnos unas buenas cervezas, acompañadas con salchichas con chukrut… ay… eso sí que es romántico!

kangaroo

Mi llegada a Sydney empezó con el pie izquierdo, desde que nos confiscaron tres potes de dulce de leche que traíamos con orgullo de la patria para compartir.

Más allá del saqueo del dulce, en la aduana había carteles que decían que debían quedar “en cuarentena” todos aquellos productos de origen animal y vegetal, puesto que Australia es una isla libre de todo mal, y más vale dejemos fuera toda nuestra mierda.

Había otro cartel que decía –y juro que lo leí varias veces para cerciorarme- : Si usted trae más de 10.000 dólares en efectivo, tenga la amabilidad de declararlos en aduana. Bueno -pensé- menos mal que solo tengo unas moneditas de pesos de recuerdo, así me ahorro al menos un trámite.

Sydney es una ciudad totalmente distinta a todas las que yo conozco hasta el momento. Con más de 4 millones de habitantes, se caracteriza por el estilo de vida relajado y obsesivamente despreocupado de su gente, que parecen tener como lema aquel famoso: Don’t worry, be happy, y van por la vida diciendo a todo: Not a problem.

Al llegar residí en el barrio de St. Ives, donde lo único que pasaba era el lechero chino, cada mañana a dejar el cartón de leche fresca por la casa. Fuera de eso, el barrio padece de un aburrimiento fatal.
Pero basta escaparse al centro y todo cambia de color. Un paseo en ferry por la bahía, desde donde se puede contemplar el Opera House, el Harbour Bridge, y también subir a la Sydney Tower a contemplar las vistas panorámicas de la ciudad.

El acento australiano es poco menos que un jeroglífico para mi. Diez años estudiando Inglés no me han servido de nada para entender a los aussies.
Dice el saber popular que hablan con los dientes cerrados y la nariz tapada para evitar que les entren las moscas.
Las moscas son más pegajosas que en otra parte del planeta, y ya he aprendido a llamarlas “little bastards”.

Definitivamente, Australia es primer mundo y hay cosas que funcionan demasiado bien, y escapan a la compresión de los que nacimos en Sudamérica.

Por ejemplo, en los trenes hay un numero de teléfono al que uno puede llamar para dar cuenta de que el vagón está sucio, y viene un tipo a limpiártelo, para que viajes más feliz.
Rod vivió en carne propia viajar con un chabón al que se le dio por vomitar. Uno de los pasajeros llamó al telefonito, y vino un tipo que les hizo a todos desalojar el vagón para limpiar el maldito vómito. Y todos tan contentos.

Las cuestiones culinarias son también otro desafío. Los australianos aman un producto llamado Vegemite, con el que untan sus tostadas para el desayuno. Yo no puedo dejar de verlo como una horrible pasta negra que hasta parece tóxica. A mí dejenme con mi mermelada tradicional, que la innovación la busco en otra parte.
Eso si, con la moderna cocina australiana me llevo bien. Será porque es un rejunte de platos tailandeses, vietnamitas, indios y malasios.

Una curiosidad que encontré, es que algunos restaurantes tienen una leyenda que dice: BYO (bring your own alcohol). Esto implica que vos podés llevarte tu bebida propia, tu vinito, champagne o lo que sea y pagás solo la comida. A lo sumo te cobran un descorchado.Muy bueno el sistema.

Estoy tratando de encontrar alguna similitud entre Sydney, Buenos Aires y Madrid, y la verdad es que no la veo en lo más mínimo.

Pero todo es cuestión de tiempo y adaptación. Más adelante probablemente les escriba saludandolos: G’ DAY mates! Y quizás también salga a correr por la bahia, juegue al cricket, me compre una “barbie”(barbecue = típica parrilla a gas) y ande descalza por el pavimento. Pero… quizás me tome una temporada.

De vuelta

January 29, 2008

warriewod

Hace 5 dias que llegue a Sydney, y todavia estoy aterrizando.

Voy en el bus escuchando Ruben Rada y el paisaje es otra cosa… no es ni Buenos Aires ni Montevideo. Pero la musica me lleva de vuelta alla, al rio de la Plata.

Tengo que ponerme a laburar, a ajustar un poco la realidad pero quiero estar alla y aca en simultaneo. Y de repente me pregunto: que estoy haciendo aca? Con este oceano, este idioma y esta cultura que no me pertenecen.

Donde estan las calles empedradas de San Telmo? Donde estan las charlas de cafe que duran horas sin que nadie te eche del bar?

Y bueno… este blog sufre las mismas contradicciones y tambien esta pensativo, meditabundo y transitando alguna perdida.

Relato desde el tren

December 8, 2007

Estoy en la estación esperando mi tren a Hornsby. Es la mañana de un lunes cualquiera. La gente camina por el andén con su café descartable en la mano.

Me subo a un vagón pensando que llego tarde de nuevo, aunque poco me importa. Miro por la ventana el paisaje que desaparece. Las estaciones siguen pasando: Roseville, Linfield, Killara. Personas que suben, chicos del colegio que bajan.

Tengo que escribir sobre el nacimiento y la muerte. ¿Por qué no buscar en mi propia historia?

Me fui de Buenos Aires hace unos años, con una maleta llena de recuerdos. Aterricé en Madrid con el tango a cuestas y la incertidumbre del recién llegado.

El tiempo pasó. Cambié la milonga por las sevillanas y mi escala de grises por los colores madrileños.

Estuve cuatro años en el viejo continente. Me tomé muchos trenes con distintos rumbos.

Escribí postales y cartas por el camino. Hubo ciudades que pasaron desapercibidas, pero otras tantas que me dejaron huella.

Tengo una colección de imágenes que llevo conmigo: la primera vez que vi Plaza Mayor; el Guernica de Picasso; las calles empedradas y húmedas de Viena; el Castillo de Kafka en una Praga amenazante; la estética incomparable de Barcelona; la casa de Dalí en Port Lligat; el concierto de Roger Waters en Lisboa; los canales de Amsterdam; las papas fritas belgas; los molinos de Don Quijote en Castilla La Mancha; los colectivos dobles de Londres; los atentados terroristas del 11 de marzo en Madrid, y mas de 2 millones de personas en las calles bajo la lluvia gritando: No estamos todos, faltan doscientos…

España cumplió su ciclo y entonces partí hacia Sydney, pasando antes por Buenos Aires para tomarme un café con leche en el Bar Británico.

Hace un año que estoy en Australia. A veces extraño San Telmo y por momentos echo de menos Madrid. Mi historia es un collage con retazos de distintos lugares. El nacimiento y la muerte forman parte de mi recorrido. Me atrevería a decir que forman parte de todos. En cada elección que hacemos, aquello que dejamos de lado muere, para dar lugar a otra cosa.

Solo se trata de saber que podemos cambiar de rumbo cuando nos sea necesario. Dentro de unos meses, la semana que viene, esta misma noche podemos elegir tomarnos otro tren con destino incierto. Dejar que el azar entre en nuestras vidas y empezar desde cero, otro viaje.