Visita a un hospital primermundista a las 2 de la mañana

February 7, 2008

Una vez tuve la experiencia de visitar el servicio de urgencias del Hospital Ramón Y Cajal, a las 2 de la mañana.
No se quien fue el ilustre Don Ramón y Cajal, pero habrá sido un científico importante, porque en la Ciudad de las Ciencias valenciana hubo una exposición dedicada al buen hombre.

Pero para no irme por las ramas, cosa fácil en mí, vuelvo al tema central, diciendo que mucho honor no le hace al ilustre científico el dichoso hospital que lleva su nombre.

Hete aquí que llegué a las 2 de la mañana porque mi garganta y las consecuencias de una muela de juicio extraida hace unos cuantos días atrás me estaban torturando del dolor. Y llegamos al sitio, previo deambular por las carreteras en plena madrugada con un mapa a ver dónde carajo era el lugar. Porque aquí, uno no puede ir a cualquier hospital, sino al que le corresponde de acuerdo a la zona donde vive.

Por suerte había tramitado mi tarjeta sanitaria hace menos de un mes atrás, sino para abrir la boca y decirte tenés tal cosa me hubieran cobrado 20.000 pesetas.
Pero, gracias a ser inmigrante sin recursos, había podido obtener una cobertura médica gratuita, con médico de cabecera y descuento del 60% en remedios.

Bueno vayamos al grano. Llegué y me dirigí a la mesa de entradas, dónde una empleada semi-sorda me decía cada dos palabras “no le oigo”.
Después de 15 minutos nos entendimos y me dio unos papeles, diciéndome que el señor de al lado (vestido de enfermero) me indicaría el lugar donde ir.

El señor enfermero, reunido con otros pares en una salita, bebiendo café y charlando sobre los beneficios y contras de la alcachofa hervida, me dijo: “Qué le pasa Laura?” –demostrando una confianza entre nosotos que no existía. Y yo balbuceé algo en relación a la ex-muela, la faringitis mal curada, la garganta. Entonces el hombre de verde me dijo “Siga la línea amarilla, cuando termine, al final de todo…mire que es lejos, eh?…ahí la van a atender”.

Me dispuse a cruzar el laberinto señalado, comprobando con estupor que los pasillos hospitalarios por los que transitaba estaban llenos de enfermos en sus respectivas camas, con sondas, suero, familiares dormitando al lado de ellos, quejidos varios, etc. Cualquiera hubiera pensado que estaba en la guardia del Argerich. Pero NO, estaba en un hospital del primer mundo en pleno centro de Madrid.

Pues bien, luego del espectáculo llegué al final de la famosa línea, cuando una voz que parecía en off gritó: “Aquí termina la línea!!!!”.
“Ah”- murmuré con un hilo de voz. La mujer escondida detrás de un escritorio me dijo que pasara a la sala de espera que pronto me llamarían.

La sala de espera sí parecía cualquier hospital tercermundista, aunque podía confundirse perfectamente con un hospital neuropsiquiátrico. Un viejo con un ojo emparchado se quejaba que estaba allí desde hacía
dos horas. Dos mujeres jóvenes charlaban sobre sus vidas amorosas. Madres absorbentes llevando a sus hijos adolescentes rebeldes, cuando están en esa etapa en que se avergüenzan de sus padres, y encima que la mama los lleve al hospital!!!!!!!

Y hete aquí al personaje más interesante de todos: un chaval en pijama y pantuflas, con su móvil en el bolsillo y la bragueta semi-abierta. Se ve que algo se le había perdido por ahí porque constantemente se estaba tocando sus genitales. No pude deducir utilizando la lógica cartesiana que papel desempeñaba este sujeto. Si era un enfermero muy venido a menos, si se trataba de un enfermo harto de estar en su cama que andaba deambulando por los pasillos y llegó hasta la sala de estar a buscar charla, o quién diablos era. Lo que si tenía seguro era una incapacidad de retener líquidos (o sólidos) muy grande, puesto que iba al baño (servicios se dice acá) a cada rato.

En una de las ocasiones una chica encargada de la limpieza estacionó su múltiple carro con desinfectantes varios en la sala (Mucha falta le hacía al roñoso lugar). La mujer manoteó el picaporte del baño sin siquiera golpear…y se encontró con nuestro personaje meón dentro, lo que derivó en un golpe seco cerrando la puerta del servicio como espantada por lo visto ahí dentro. (¿?)

El tiempo pasaba (esperé 1 hora y media) y la gente seguía llegando como si fuese al baile, saludaban con buenas noches, y entablaban conversación y relación entre ellos como si se conociesen de toda la vida. Iban cayendo y siempre había uno más urgente que uno mismo para ser atendido, por lo tanto, yo, que soy inmigrante ilegal, contemplaba con tristeza como se colaban los insolentes sin decir una palabra. No vaya a ser que me deporten por terrorismo hospitalario. Si tiene que ser, que sea por una causa más digna, joder.

Al fin ya faltaba poco para mi turno, y lamenté no haber portado un libro conmigo, puesto que había tiempo de sobra para haber leído el Martín Fierro y el Quijote.

Uno de los colados, los que necesitaban asistencia URGENTE, salió de ahí teniendo faringitis, y su madre contándole al pobre médico la historia de su familia, que el padre fumaba mucho y que se yo.

A las 3 y pico de la mañana, cuando ya no tenía ni voz para decir qué me acontecía, fui llamada a uno de los consultorios. El doctor comenzó un interrogatorio como si fuese portadora de alguna enfermedad de alto riesgo contagiosa. Y yo me limitaba a responder con monosílabos, vencida por el cansancio y el dolor.
El tipo redactaba un acta que parecía un testamento. Recordé entonces aquellas épocas de análisis freudiano ortodoxo, en que siempre la enfermedad era tema de sesión. Y siempre la garganta era síntoma en mí. Mi ex analista hubiese argumentado: “Hay algo de lo NO DICHO que hizo síntoma y se coló desde lo real a lo símbolico” Y eso me hubiera costado quien sabe cuantas sesiones hasta desanudar el síntoma y librarme del mal.

Pero volviendo al doctorcito en cuestión, parte del cuestionario era qué análgesicos yo toleraba sin problemas. Luego de responderle que solo era alérgica al Ibuprofeno, el tipo no quedó conforme con mi respuesta e insistió, desplegando una serie de nombres de remedios que en mi vida había escuchado. A lo que respondí que desconocía los remedios españoles.

– A ver…-protestó impaciente- y qué medicamentos “de allí” tomabas sin problemas??
– Amoxidal, amoxilina –contesté un poco cabreada
– Eso no es un analgésico, es un antibiótico – dijo el tipo

Yo estaba a punto de empezar mi sermón de la montaña y tenía ganas de decirle unas cuantas cositas. Como por ejemplo, que el médico era EL, y yo no tenía porque carajo saber la diferencia entre análgesico y antibiótico, y hacía 20 minutos que no paraba de preguntar estupideces y no me ayudaba en nada!!!! Y que además, tan poco me interesaba la medicina, la biología y todos sus ecuaces, que ni siquiera había aprobado Biología del CBC, teniendo que mentir en la declaración jurada para poder entrar en la carrera con esa deuda oculta.

PERO….antes de que me suba la tanada y empezar a putear hasta Colón por habernos colonizado, hice un “ommmmmmmmm” interno y recordé mi situación de clandestina, y me limité a cerrar la boca.

Al final, cuando le pregunté “Qué tengo?”, porque ahora la impaciente era yo… el tipo se limitó a decir “Yo no le veo nada” y a repetir lo mismo que yo le había contado “Será producto de la muela quizá… la faringitis mal curada…” Y yo insistí: “Y mi garganta?????”. “Está un poquito inflamada.”

Para mi asombro, acá en el primer mundo, o en el tercero, siempre llego a la conclusión de que los médicos con certeza no saben un carajo. Que todas sus afirmaciones se remiten a un quizás, tal vez, puede ser, a lo mejor sea tal cosa.

He visitado varios hospitales públicos, porteños y bonaerenses, incluso el de Quilmes durante la hegemonía de Duhalde como gobernador, y aún así nunca vi nada como este.
Y para terminar la noche con el cartón lleno, me entero de que como norma en los hospitales no se hacen recetas. Y que el parte larguíiiiiiiiiiiisimo que había llenado el doc, era para que yo visite al día
siguiente a mi médico de cabecera, encargado de hacerme la receta correspodientes de acuerdo a las ilegibles y detalladas indicaciones del hospital.

A esa altura estaba al borde del colapso, porque si lo hubiera sabido de antemano me ahorraba todas estas peripecias, me aguantaba el dolor hasta el día siguiente y listo el pollo.

Aprendi que la próxima vez que se me ocurra asistir a una sala de urgencias, más vale que me haya quebrado al menos una pierna y tenga un ojo en la mano. Que ellos no están para estas otras sutilezas….

No obstante y de pura desconfiada nomás, al retirarme con estilo pasé nuevamente por la mesa de entradas a intentar dialogar con la sorda en búsqueda de aquel preciado favor que era la receta.
Fue inútil. Se limitó a decir… “Noooooooo. Aquí en el hospital no se hacen recetas….”

Así que partí con mal humor y más dolor, que culminó con final feliz gracias a la buena voluntad del farmacéutico de la vuelta de casa, que me vendió el antibiótico sin receta porque me conoce, y prometí llevárselo al día siguiente, luego de mi visita al médico de cabecera.

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