Apuntes sobre Ibiza

February 25, 2008

ibiza_buddha_bar.jpg

Aqui les cuento mi paso por Ibiza un fin de semana.

Fuimos 2 argentinas bichos de ciudad con todos los prejuicios a cuestas: a ver qué pasa en la dichosa isla.

Llegamos a las doce de la noche del viernes, donde un desconocido (amigo de una amiga de un amigo) tenía la misión de ir a recogernos para llevarnos a comer, puesto que nosotras no teníamos puta idea de nada, pero sabíamos que la mayoría de las cocinas de los bares cerraban a las doce.
Al aterrizar llamo al susodicho, que me responde con “ahora mismo estoy entrando a la ducha, pero en 20 minutos estoy ahí”.
Entonces comprendimos que en la isla el tiempo y los horarios no existen y todo se adecua a lo que les de la gana a sus habitantes.

Al rato cae el muyayo a buscarnos, argentino típico y canchero con pelo teñido de rubio y vincha, contándonos historias de que se quería ir a Estados Unidos, a California exactamente, para huir del invierno europeo y vivir de verano en verano. Claro que no se percató de que en esa región el verano coincide con el nuestro, y cuando se lo mencionamos inmediatamente cambió de destino y dijo: “Bueno, entonces me voy a Brasil”.

Ibiza se sostiene por sus singulares personajes, que parecen vivir en los setenta: todos paz, amor, drogas y música dance (aunque también hay cabida para el rock and roll).
Los “hippies” la tienen re clara. Laburan 5 horas por día, 6 meses al año y el otro medio año que no es temporada cazan una mochila y se van a la India o al Tibet a comprar telas o pilchas para después revender a los turistas alemanes al 500% de su valor real.
Pero por supuesto cultivan su huerto e intentan estar fuera del sistema.

Y uno se pregunta: ¿quién es el loco de atar? ¿Estos? ¿O nosotros, laburando 10 horas por día en medio de una jungla de cemento, para tener unas míseras vacaciones al año?

En la isla no existe la puntualidad, y el “ya me paso por tu casa” puede significar 2 o 3 horas hasta que el tipo decidió arrancar de su sitio.
Pero lo cierto es que acá la gente vive como quiere: laburando mucho en temporada y rascándose en el invierno o emigrando a otros continentes.
Y el tiempo se pasa tirado en la playa, con amigos, paseando, drogándose o bailando 48 horas sin parar, pero todo cuando a cada cual se le canta.

Los paisajes son alucinantes, muchas playitas pequeñas, algunas con acantilado, el mar cambia de colores entre el turquesa y el azul. Parece que la civilización no hubiese llegado hasta aquí. La gente en el fondo prefiere vivir así, un poco al margen de todo y juntan firmas para el NO a la autopista.

La noche del sábado cenamos en una parrilla argentina (cabe aclarar que hay aquí una comunidad enorme de compatriotas) la mejor carne que probé desde mi estadía en España. El sitio estaba a full de gente pero íbamos con una conocida del dueño, así que tuvimos un tratamiento Vip.

Cuando conocimos a JC, alucinamos en colores, porque es un personaje de película. Nacido en Saladillo, a sus 60 y habiendo probado casi todo, vive como un rey. Se ocupa de la parrilla (entre otras cosas) a modo de hobbie.
Dice que la gente va a su restaurante por cómo prepara él la carne. JC es el típico sujeto que le encanta ser el centro de atención, una especie de emperador dispuesto a dejar claro que las reglas las pone él.

Entre churrasco y entraña JC nos contó algunas de las cosas que había hecho en su vida, fiel al prototipo del argentino que se las sabe todas. De cualquier manera, puedo afirmar que es un encantador de serpientes y que todas lo escuchábamos embobadas a pesar del contenido de su discurso, que rozaba más bien lo absurdo. Por ejemplo, nos habló de su trabajo de ganadero en el campo argentino y de ahí saltaba a los conjuntos de ropa interior que le compra a su mujer, 30 años menor que él.

La cena terminó con tragos varios, invitación de la casa. A lo largo de la noche iba cayendo mucha juventud al boliche  y se iban sumando a la ronda para escucharlo y contar historias.

Finalmente nos enteramos de que JC es uno de los dealers más grosos de Ibiza y que la guita que junta en pala, no es por la parrilla, sino por otros negocios. Pero nadie le quita sus aptitudes de encantador de serpientes.

La noche siguió en Pachá, donde entramos gratis por una tarjetita que nos dio JC –a esta altura ya sabíamos que lo que diga JC es palabra de dios en Ibiza- y a pesar de que la música tecnosa no es de mi agrado, Pachá contaba con una pista exclusiva para guiris y otra pista de música latina. Decidimos sumarnos al latinaje y nos quedamos ahí unas horas, puesto que el resto de “discos” estaba cerrado porque aún no se inauguró la temporada.

Hay cosas únicas en la isla, como ver el atardecer en un bar mirando el mar.
Es un barcito de que si mal no recuerdo se llama “Buddha bar”. Te pasan una música al mango que es una especie de chill-out hindú (suena pelotudo pero es de cool…) Vos te tirás en una alfombra con almohadones, te pedís una cervecita y contemplás como cae el sol sobre el mar. Impresionante.

El domingo nos fuimos a recorrer playas y donde hubo más sol nos tiramos a broncearnos un poco y sacarnos el color verde-amarillento ciudad.
Pero como no podía ser de otra manera, se nos acercó otro personaje con necesidad de ser escuchado. Un tipo de unos 50 largos, con sombrero de cowboy, jean y en cueros que lo veíamos pulular por la playa en busca de alguien que le prestara una oreja. Llegó nuestro turno y el tipo empezó a decirnos piropos, a invitarnos a tomar una sangría, un almuerzo, lo que sea. Las tres permanecimos con los ojos cerrados tomando el sol, sin respuesta.

Pero el pesado seguía y tuve que salir yo –a quien ya conocen ustedes cuando me agarra la mala hostia- a cortarle el rostro.
Le dije: mirá, nos venimos acá para escaparnos del murmullo, no tenemos ganas de escucharte a vos. Por supuesto el tipo se sintió totalmente agredido por la palabra “murmullo”, que le parecía despectiva. Y enseguida me dijo que yo era una maleducada, que lo de él no era un murmullo sino un monólogo, y que de ahora en más iba a ignorarme.

“Bueno, un monólogo. Da igual.”

El chabón se esfumó hasta que encontró más adelante otra pareja donde saciar su verborragia. Después yo me comí un sermón de las chicas de que no se puede ser tan agresiva y blablabla… la mar en coche.
Pero el tipo volvió a la media hora dispuesto a hacer las paces conmigo.

Y como yo también me había quedado con cargo de conciencia, y ya estaba elaborando toda una teoría en la cual la inadaptada era yo, porque estos personajes SON Ibiza y la cosa es que o los aceptás o te tomás el avión de vuelta. Entonces bajé un cambio y ya lo miré con cara de buenos amigos cuando volvió.

Entonces se salió con la suya y nos contó su vida, que era vasco, no se sentía español y que tenía 7 hijos con 5 mujeres distintas y una nieta. Que sus mujeres se cansaban de él y se quedaban con los hijos, y él seguía así de libre por la vida.
El tipo se ganó mi corazón cuando dijo que iba a contarnos la fábula del hombre feliz que no tenía camisa. Que muchos de ustedes conocerán, y si no la dejo para otro relato, porque éste se está haciendo demasiado largo.

Como conclusión, los que aterrizan en Ibiza “living la vida loca” tienen un dicho para todos los que están dispuestos a venirse acá. Se cuenta que la isla te acoge o te expulsa, pero si hacés un esfuerzo de adaptación y te acoge, no te vas más.

3 Responses to “Apuntes sobre Ibiza”

  1. Mariano Says:

    Cual es la fabula del hombre feliz sin camisa????

  2. Mariano Says:

    Por lo que contas, me hace acordar mucho a Menorca, obvio no tan famosa a la hora del extasis, pero si de igual filosofia de sus habitantes, trabajar en el verano con los turistas europeos y volar en el crudo invierno…

  3. candombera Says:

    Aca va la historia del hombre feliz que no tenia camisa:

    http://laetus.blogia.com/2007/061001-el-zar-y-la-camisa-124-leon-tolstoi-124-.php

    No estuve nunca en Menorca, pero me hubiese gustado!

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