Primeras impresiones sobre Sydney

March 29, 2008

kangaroo

Mi llegada a Sydney empezó con el pie izquierdo, desde que nos confiscaron tres potes de dulce de leche que traíamos con orgullo de la patria para compartir.

Más allá del saqueo del dulce, en la aduana había carteles que decían que debían quedar “en cuarentena” todos aquellos productos de origen animal y vegetal, puesto que Australia es una isla libre de todo mal, y más vale dejemos fuera toda nuestra mierda.

Había otro cartel que decía –y juro que lo leí varias veces para cerciorarme- : Si usted trae más de 10.000 dólares en efectivo, tenga la amabilidad de declararlos en aduana. Bueno -pensé- menos mal que solo tengo unas moneditas de pesos de recuerdo, así me ahorro al menos un trámite.

Sydney es una ciudad totalmente distinta a todas las que yo conozco hasta el momento. Con más de 4 millones de habitantes, se caracteriza por el estilo de vida relajado y obsesivamente despreocupado de su gente, que parecen tener como lema aquel famoso: Don’t worry, be happy, y van por la vida diciendo a todo: Not a problem.

Al llegar residí en el barrio de St. Ives, donde lo único que pasaba era el lechero chino, cada mañana a dejar el cartón de leche fresca por la casa. Fuera de eso, el barrio padece de un aburrimiento fatal.
Pero basta escaparse al centro y todo cambia de color. Un paseo en ferry por la bahía, desde donde se puede contemplar el Opera House, el Harbour Bridge, y también subir a la Sydney Tower a contemplar las vistas panorámicas de la ciudad.

El acento australiano es poco menos que un jeroglífico para mi. Diez años estudiando Inglés no me han servido de nada para entender a los aussies.
Dice el saber popular que hablan con los dientes cerrados y la nariz tapada para evitar que les entren las moscas.
Las moscas son más pegajosas que en otra parte del planeta, y ya he aprendido a llamarlas “little bastards”.

Definitivamente, Australia es primer mundo y hay cosas que funcionan demasiado bien, y escapan a la compresión de los que nacimos en Sudamérica.

Por ejemplo, en los trenes hay un numero de teléfono al que uno puede llamar para dar cuenta de que el vagón está sucio, y viene un tipo a limpiártelo, para que viajes más feliz.
Rod vivió en carne propia viajar con un chabón al que se le dio por vomitar. Uno de los pasajeros llamó al telefonito, y vino un tipo que les hizo a todos desalojar el vagón para limpiar el maldito vómito. Y todos tan contentos.

Las cuestiones culinarias son también otro desafío. Los australianos aman un producto llamado Vegemite, con el que untan sus tostadas para el desayuno. Yo no puedo dejar de verlo como una horrible pasta negra que hasta parece tóxica. A mí dejenme con mi mermelada tradicional, que la innovación la busco en otra parte.
Eso si, con la moderna cocina australiana me llevo bien. Será porque es un rejunte de platos tailandeses, vietnamitas, indios y malasios.

Una curiosidad que encontré, es que algunos restaurantes tienen una leyenda que dice: BYO (bring your own alcohol). Esto implica que vos podés llevarte tu bebida propia, tu vinito, champagne o lo que sea y pagás solo la comida. A lo sumo te cobran un descorchado.Muy bueno el sistema.

Estoy tratando de encontrar alguna similitud entre Sydney, Buenos Aires y Madrid, y la verdad es que no la veo en lo más mínimo.

Pero todo es cuestión de tiempo y adaptación. Más adelante probablemente les escriba saludandolos: G’ DAY mates! Y quizás también salga a correr por la bahia, juegue al cricket, me compre una “barbie”(barbecue = típica parrilla a gas) y ande descalza por el pavimento. Pero… quizás me tome una temporada.

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