Un lunes de agosto

June 1, 2008

El edificio era majestuoso. Había sido construido en el siglo XVIII.
Las paredes y los techos eran blancos, tenía muchas escaleras, todas de madera y en perfectas condiciones, siempre enceradas y brillantes.

Ángel Celestial trabajaba allí hacía diez años. Diez años, de nueve a diecisiete horas, al servicio de Ricardo Gutiérrez, el director general. Diez años, que de trece a catorce horas, comía en el bar de la esquina el menú económico.

Era agosto, pero Ángel no tenía vacaciones. Ya había perdido la cuenta, pero hacía tiempo que no las tenía. Su jefe siempre lo necesitaba, y en esta época más que en ninguna, porque había poco personal.

Ángel era menudo, su timidez rozaba el borde de lo ridículo, y siempre vestía de marrón. Sentía adoración por los plátanos, y cuando la gente le cuestionaba porqué siempre comía plátanos, él argumentaba que eran buenos para la salud, y por su contenido en potasio, evitaban los calambres.

Ese lunes fue complicado. Ricardo Gutiérrez estaba muy nervioso. Había demasiado trabajo, y si bien sabía que su empleado podía terminarlo, no sería en el tiempo adecuado.

– ¡Maldito agosto! Ángel, te he dicho una y mil veces que mis galletas son de gluten. Lo sabes de sobra ya. ¿Cómo es posible que me traigas éstas de salvado?

– Lo siento, señor director. Es que ya no quedaban de gluten, y pensé que traer estas otras sería mejor que venir con las manos vacías.

– Pero no tienes que pensar absolutamente nada, ya sabes que el que piensa aquí soy yo. Y si te digo gluten, es gluten.

– Muy bien señor, iré a por ellas.

– No. Déjalo para tu hora de comida. Hay otras cosas que hacer. ¿Qué ha pasado con el informe de los cursos de verano?

– Lo tengo listo señor. El viernes me quedé hasta las once menos cuarto de la noche para terminarlo. Lo he encarpetado y todo. Tome.

– Pero…¡Dios mío! Esto, ¿qué es? ¡Por qué has escogido una carpeta verde, si sabes que aborrezco este color! Además… fíjate un poco estos agujeros que le has hecho. ¿Has medido la distancia exacta del centro de la hoja, antes de agujerear? Esto está todo torcido, ¡es impresentable!

– No se preocupe señor. Ya mismo le imprimo uno nuevo y lo vuelvo a encarpetar.

Ricardo Gutiérrez estaba furioso. Las cosas nunca salían a la perfección. En la vida no había más que problemas y preocupaciones. Ese lunes, las cosas habían empezado mal desde el principio. Lo comprobó a las seis de la mañana cuando luego de ducharse, no encontró por ningún sitio su fijador para el cabello. Y era sabido que no podía salir de su casa sin haberse peinado con ese fijador. Aunque abrió la puerta del baño a los gritos para reprocharle a su madre que había sido incapaz de darse cuenta de la falta de su fijador, y salir a comprar uno nuevo, todo fue en vano. Su madre estaba muy anciana ya, no se daba cuenta de las cosas. Así que no le quedó más remedio que salir de casa despeinado, y podía asegurar que esa era la causa de que todo fuese mal ese día.

Ángel Celestial golpeó la puerta del despacho de su jefe, masticando el tercer plátano del día.

– Permiso señor, aquí está nuevamente su informe, en carpeta negra, y agujereado según centro de hoja dos centímetros y medio. Y de ahí un centímetro para cada lado, arriba y abajo a la distancia de sus respectivos agujeros.

– Muy bien. Al fin una presentación coherente. Pero Ángel, ¿puedes dejar de masticar delante de mío? ¡Eso es mala educación!

– Lo siento señor. Es que son las cuatro de la tarde y aún no he comido, porque usted necesitaba las facturas, las cartas a clientes, la base de datos actualizada y sus galletas de gluten.

– ¡Pues vete ya mismo a comer y déjame tranquilo! ¡Que tengo demasiados problemas como para además escuchar tus historias!

– Muy bien señor, hasta luego entonces.

Ángel bajó corriendo las brillantes escaleras, y en el apuro por salir a comer, dejó caer la cáscara de plátano sobre un escalón.

La tarde estaba haciéndose larga, pensaba Ricardo Gutiérrez mientras ojeaba el informe. A la tercera página se dio cuenta de un error fatal: todos los títulos del informe tenían punto. ¡Maldición! ¡Le he dicho cientos de veces que los títulos no llevan punto! ¡Tengo que entregar esto en treinta minutos y está todo mal hecho!
Miró su reloj. Eran las cuatro y veinte. A las cinco tenía la reunión con el subgobernador. Sacó una calculadora y llegó a la conclusión de que a razón de una página cada quince segundos, podía tener el informe impreso nuevamente para esa hora. Maldijo varias veces a Ángel Celestial, y salió como una fiera a buscarlo, dispuesto a interrumpirle su almuerzo, y a decirle que su falta de profesionalidad había llegado al límite.

Ricardo bajó corriendo las brillantes escaleras, y en el apuro por insultar a Ángel, se resbaló al pisar una cáscara de plátano que reposaba inocente sobre un escalón.

Rodó escaleras abajo mientras gritaba y maldecía, y cuando se encontraba ya a punto de alcanzar la puerta de salida, cayó de un golpe seco, y su nuca se estampó contra el último escalón. Su cuerpo se desparramó en el suelo, para nunca más volver a abrir los ojos.

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