Historias de barrio

December 5, 2008

A las cinco de la tarde de un día de agosto, Julián, Ana y Nacho caminaban hacia la parada del bus, luego de una agotadora jornada.

Al doblar una esquina, se encontraron con una anciana, agarrada con sus últimas fuerzas a las rejas de una ventana. Pedía auxilio. Los tres se precipitaron hacia ella.

– ¿Qué ocurre abuela?¿Se encuentra bien? -preguntó Ana, sin poder ocultar su nerviosismo.

Julián y Nacho la ayudaron a caminar, sosteniéndola uno de cada lado.

– Queridos…me siento muy mal, llévenme a casa, por favor, con mi familia, creo que me he perdido.

– Cómo no, señora. ¿Cuál es su dirección?¿ Es lejos de aquí?

– Hija, sólo cuatro cuadras, creo yo. En Alcalde López Casero, 5, primer piso a la derecha. Ayyyyyy…Creo que me voy a desma…

La pobre mujer cayó al piso dando un golpe seco. Nacho y Julián, desesperados, la cargaron y emprendieron su marcha hacia la dirección confesada.

Ana tocó el timbre del primero derecha y vociferó agitada:

– Por favor, abra. Su madre se ha desmayado en la calle, está inconsciente y la traemos a casa. Somos vecinos.

Del otro lado del portero eléctrico se escuchó un grito de espanto. Los chicos, con la anciana en brazos, oyeron unos pasos corriendo por la escalera. Una mujer de mediana edad abrió la puerta, desorbitada.

– Esta no es mi madre. ¡A ustedes les parece, darme semejante susto!

– Señora, discúlpenos, es que la pobre viejecita nos dio esta dirección. ¿Usted no la conoce, del barrio?

La vieja abrió un ojo. Aunque estaba todavía un poco dormida, gritó a los cuatro vientos:

– ¡Marta! Hija mía, no me abandones, ¡Llévame a casa, llama un médico por favooooooorrrrr!

La mujer del primero derecha alucinaba en colores.

– Señora, yo no soy su hija, usted está confundida. También me llamo Marta, a lo mejor me parezco un poco, pero…

Julián, Nacho y Ana no sabían qué hacer. Optaron por bajar a la anciana al suelo.

La vieja discutía a los gritos pidiendo clemencia a una hija que no era la suya, y rogaba que se ocupe de ella y de su situación.

Marta, la del primero derecha, le seguía la corriente, intentando explicar lo inexplicable.

De repente, una luz divina pareció haber iluminado a nuestros héroes.

– Mamá, ¡te estuvimos buscando por todo el barrio! ¿ Dónde te habías metido? -murmuró la verdadera Marta.

Todos suspiraron con alivio.

La anciana fue devuelta a casa y la mujer del primero derecha a sus ocupaciones. Los tres adolescentes caminaron a la parada del bus, y se juraron a sí mismos no socorrer nunca más a una vieja en situación de riesgo.

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